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Capítulo 1 El Origen De Una Estrella

hace 6 días
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Actualizado: hace 1 día

Papá y yo llevábamos un tiempo enamorados. Éramos jóvenes, intensos y un tanto imprudentes; nos amábamos con esa pasión desbordada de quienes todavía están descubriendo la vida y, sin embargo, sienten que han encontrado en otra persona un lugar al cual pertenecer. Lo nuestro siempre tuvo algo de locura, de entrega absolut

a, de esa manera tan nuestra de vivir los sentimientos sin reservas.


Era el verano de 2009.


Después de varios días sin vernos, porque papá había asistido a un retiro de trabajo en unas cabañas, volvimos a encontrarnos. La distancia, aunque breve, había sido suficiente para que el reencuentro estuviera cargado de entusiasmo, de abrazos y de esa intimidad que nos pertenecía. En aquel entonces no podíamos imaginar que, entre la intensidad de nuestros días y la espontaneidad de nuestra juventud, la vida comenzaba a tejer una historia que cambiaría para siempre el rumbo de nuestra existencia.


Uno o dos meses después, algo en mi cuerpo despertó una sospecha. No recuerdo con exactitud todos los detalles, pero sí la extrañeza de aquellos días. No tenía un retraso menstrual propiamente dicho; sin embargo, mi periodo había sido inusual: apenas unas gotas de sangre durante un día, y después, nada. Una pequeña señal, casi imperceptible, comenzó a abrirse paso entre mis pensamientos.


¿Y si estaba embarazada?


Decidí hacerme una prueba. El resultado fue positivo.


Aun así, me resistía a creerlo. Era la primera vez que me enfrentaba a una noticia semejante y necesitaba comprobar que aquello que comenzaba a imaginar era real. Se lo conté a papá, quien compró algunas pruebas más. Las repetimos, una tras otra, buscando quizá una respuesta distinta, aunque en el fondo comenzábamos a comprender lo que sucedía.


Todas confirmaron lo mismo.


Positivo.


Íbamos a ser padres.


Hay noticias que dividen la vida en dos: el tiempo anterior a ellas y todo lo que comienza después.


Aquel fue uno de esos instantes. De pronto, el futuro dejó de pertenecernos únicamente a nosotros.

Había una nueva vida abriéndose camino, una pequeña existencia que, sin haber llegado todavía al mundo, comenzaba a transformar nuestros planes, nuestras conversaciones y nuestra manera de mirar hacia adelante.


Al principio sentimos el impacto de lo inesperado. Mi familia, de convicciones conservadoras, había imaginado para mí un camino distinto. Aunque ya no era una adolescente, mis decisiones y las circunstancias de mi vida no correspondían del todo con las expectativas que habían construido para mí. Sin embargo, más allá de las inquietudes que aquella noticia pudiera despertar, papá y yo comenzamos a descubrir una ilusión inmensa.


Nos convertíamos en padres, y poco a poco empezamos a imaginar cómo sería nuestra vida contigo.


Buscamos un médico para nuestros primeros chequeos, comenzamos a hacer planes y pensamos en la manera de compartir la noticia con mi familia. Había tantas cosas por resolver y tantas otras por soñar que, casi sin advertirlo, empezamos a construir un mundo alrededor de ti. Un mundo que todavía no conocías, pero en el que ya tenías un lugar irremplazable.


Entonces llegó el día en que te vimos por primera vez a través de una ecografía.


Todavía me cuesta encontrar palabras que hagan justicia a aquel momento. Allí estabas, diminuta, apenas una presencia que comenzaba a revelarse en la pantalla, y aun así eras capaz de llenar nuestra existencia de una forma que nunca habríamos imaginado.


Creo que fue entonces cuando comprendimos, aunque no supiéramos explicarlo, que algo profundo nos unía a ti. Quizá nuestras almas se reconocieron antes de que nuestros ojos pudieran distinguirte.

Quizá había vínculos que existían mucho antes de aquel encuentro y que apenas entonces comenzaban a manifestarse.


No lo sé, princesa. Hay misterios que no necesitan una explicación inmediata para transformar nuestra manera de sentir.


Desde aquel instante, nos envolviste en una luz nueva. Despertaste en nosotros un amor desconocido, una ternura que parecía no tener límites y ese instinto de protección que nace cuando comprendemos que otra vida, tan pequeña y vulnerable, comienza a depender de nosotros. Aún no te habíamos sostenido entre nuestros brazos, no conocíamos tu rostro ni habíamos escuchado tu voz, pero ya te amábamos con una certeza que no necesitaba pruebas.


Y entonces escuchamos tu corazón.


Tus pequeños latidos llenaron aquel espacio y, por un instante, todo pareció detenerse. Allí, en medio de la incertidumbre de una imagen y el sonido de un corazón diminuto, la vida adquirió un significado distinto. Ya no eras solamente la posibilidad de una hija; eras tú, Sarita, creciendo dentro de mí, recordándonos que el amor puede comenzar mucho antes del primer abrazo.


Si pudiera regresar a aquel tiempo, conociendo de antemano todo lo que nuestra historia habría de contener, volvería a elegirte sin vacilar. Volvería a atravesar cada instante, cada alegría y cada temor, si eso me permitiera escuchar nuevamente tu corazón, sentir tu presencia, conocer tu olor, abrazarte y escuchar tu voz.


Porque hay amores cuya existencia transforma el significado de todo lo vivido. Y tú, mi niña, serías siempre uno de ellos.


Pero nuestra historia, como tantas historias de amor, no tardaría en mostrarnos que la felicidad y el miedo pueden habitar el mismo corazón.


Durante los primeros tres meses del embarazo, una mañana descubrí unas pequeñas gotas de sangre en mi ropa. Era una sangre de un rojo intenso, vivo, semejante al de una herida recién abierta.


También sentía algunos cólicos moderados. Recuerdo la angustia que me invadió al comprender que algo podía no estar bien. Hasta entonces, el embarazo había sido una promesa de futuro; de pronto, esa promesa parecía frágil, expuesta a una incertidumbre que no sabíamos cómo enfrentar.


Fuimos al médico. Después de revisarme, nos explicaron que había un desprendimiento y que debía guardar reposo, tomar medicamentos y esperar, con la esperanza de que todo evolucionara favorablemente.


El miedo llegó de una manera que hasta entonces desconocíamos.


Estábamos deshechos. Te deseábamos con una ilusión profunda; ya te habíamos hecho un espacio en nuestras vidas y en nuestros sueños. Habíamos comenzado a imaginarte, a pensar en tu llegada y a quererte con una intensidad difícil de comprender. Y, sin embargo, debíamos enfrentarnos a la posibilidad de perderte cuando ni siquiera habíamos tenido la oportunidad de conocerte fuera de mí.


Fue entonces cuando comprendí que la maternidad también comenzaba en el miedo. En esa conciencia repentina de que una vida puede volverse tan importante que la sola posibilidad de perderla nos enfrenta a nuestra propia vulnerabilidad.


Lloramos y rezamos. Le pedimos a Dios que nos concediera la oportunidad de tenerte con nosotros, de verte crecer, de mostrarte las maravillas de la vida que conocíamos hasta entonces y de ofrecerte todo el amor que ya comenzaba a desbordarnos.


Le pedimos tiempo.


Tiempo para conocerte, para acompañarte y para descubrir quién serías. Tiempo para convertirnos en los padres que necesitabas y para enseñarte, con nuestras propias imperfecciones, las cosas hermosas que habíamos aprendido del mundo.


Durante aquellos días, cada pensamiento parecía conducir al mismo lugar: tú.


Esperamos entre la incertidumbre y la esperanza, aferrándonos a la posibilidad de que todo estuviera bien. Hasta que llegó el momento de regresar al médico.


Y entonces recibimos la noticia que tanto habíamos deseado escuchar: seguías con nosotros.


Tu corazón continuaba latiendo. Seguías creciendo. La placenta se había adherido nuevamente y, según nos explicaron, ya no había señales de aquel riesgo.


El alivio llegó como una bocanada de aire después de haber permanecido demasiado tiempo bajo el agua. Volvimos a respirar con tranquilidad, aunque quizá nunca volveríamos a mirar tu existencia con la misma inocencia. Habíamos descubierto, demasiado pronto, cuánto podía dolernos la posibilidad de perderte.


Pero aquel día nos aguardaba un regalo más.


Por primera vez, pudimos verte moverte.


Eras apenas un embrión diminuto, una presencia delicada en medio de aquel universo que comenzaba a formarse dentro de mí. Sin embargo, movías tus pequeños brazos y te desplazabas de un lado a otro con una energía que parecía desbordar los límites de tu propio cuerpo.


Papá y yo te observábamos maravillados.


Había algo extraordinario en aquella imagen: una vida tan pequeña manifestándose con tanta fuerza. Mientras nosotros intentábamos comprender la fragilidad de tu existencia, tú parecías recordarnos, con cada movimiento, que estabas allí, creciendo a tu manera, abriéndote camino en el mundo antes incluso de haberlo conocido.


Hoy, cuando vuelvo a ese recuerdo, no puedo evitar pensar en la fuerza que parecías llevar contigo desde el principio. En aquella vitalidad que nos sorprendía y en la luz que comenzabas a proyectar sobre nuestras vidas.


Quizá entonces todavía no podíamos comprender todo lo que llegaríamos a aprender de ti. Quizá ninguno de nosotros imaginaba hasta dónde habría de extenderse tu huella. Pero aquel día, al verte moverte por primera vez, algo cambió para siempre en nosotros.


No eras solamente la hija que esperábamos. Eras ya una presencia capaz de enseñarnos, de transformarnos y de mostrarnos una forma de amor que no conocíamos.


Hoy agradezco al universo, a Dios y a la vida por habernos permitido encontrarnos. Agradezco cada instante de aquella espera, cada latido que escuchamos y cada movimiento tuyo que pudimos contemplar. Agradezco incluso los recuerdos que hoy duelen, porque en ellos permanece la certeza de que vivimos algo verdadero, algo que nos perteneció y que continúa formando parte de quienes somos.


Nunca imaginé que nuestra historia me llevaría a conocer una forma de ausencia tan profunda. Tampoco imaginé que, algún día, tendría que aprender a ser tu mamá desde otro lugar, intentando comprender una realidad para la que ningún corazón parece estar preparado.


Pero esa parte de nuestra historia vendría después.


En aquel verano, en aquellos primeros meses, yo era una mujer joven que comenzaba a descubrir la maternidad. Era una mujer llena de preguntas, de sueños y de temores, que aprendía a amar a una hija a quien todavía no podía mirar a los ojos. No sabía todo lo que la vida habría de enseñarme a través de ti. No sabía cuánto tendría que reconstruirme, cuánto cambiaría mi manera de comprender la existencia ni hasta dónde llegaría mi búsqueda de respuestas.


Solo sabía que te amaba.


Y ese amor, que comenzó cuando apenas eras una posibilidad, se convirtió en una de las certezas más profundas de mi vida.


Hoy, aunque tu presencia física ya no me acompañe de la misma manera, sigo aprendiendo de ti. A través de los recuerdos, del duelo, de la espiritualidad y de las preguntas que permanecen abiertas, continúo descubriendo nuevas formas de relacionarme contigo. Hay días en los que tu ausencia ocupa cada rincón de mi mundo y otros en los que encuentro pequeños destellos de paz que me permiten respirar. Poco a poco, voy comprendiendo que el amor y el dolor no siempre se excluyen; a veces, ambos nacen de la misma raíz.


Esta es nuestra historia, mi Sarita.


La historia de cómo llegaste a mi vida, de cómo papá y yo te esperamos, de cómo aprendimos a amarte antes de conocerte y de cómo tu existencia transformó para siempre nuestro paso por este mundo.


Quiero escribirla porque tu vida merece ser contada. Porque quiero honrar lo que vivimos, preservar nuestros recuerdos y darles un lugar en el tiempo. Porque deseo que estas páginas sean testimonio de tu existencia y de un amor que no puede medirse únicamente por los años compartidos.


Y quizá también porque escribirte sea una manera de seguir encontrándote.


No sé si alguna vez lograré comprender por completo el sentido de nuestra historia. Hay preguntas que todavía me acompañan y misterios ante los cuales solo puedo permanecer en silencio. Pero ya no necesito tener todas las respuestas para reconocer la inmensidad de lo que vivimos.


Te amo, mi Sarita.


Te amé cuando apenas eras una posibilidad en mi cuerpo. Te amé cuando escuché por primera vez tu corazón y cuando te vi moverte, pequeña y luminosa, en aquella pantalla. Te amé en cada instante de nuestra historia y te sigo amando ahora, mientras aprendo a caminar por la vida llevando conmigo tanto tu ausencia como la inmensa fortuna de haber sido tu mamá.


Antes de conocerte, ya te amaba.


Y ahora que conozco la profundidad de este amor, sé que ninguna distancia podrá borrar el lugar que ocupas en mi historia.


Siempre, mi niña.

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Hola!

Soy Kary Chávez, una mujer de 30 y tantos y éste es mi journal de experiencias, soy mamá VACTERL y con Hashimoto, aprendiendo día a día de la vida y como seguir en la lucha.

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