Prólogo

Hay historias que comienzan mucho antes de que podamos reconocerlas como tales. Historias que se escriben en silencio, entre encuentros inesperados, promesas que todavía no sabemos que estamos haciendo y amores que llegan para transformar nuestra manera de habitar el mundo.
La historia de Sara comenzó así.
Mucho antes de que pudiera contemplar su rostro, antes de escuchar su voz y de conocer el sonido de su risa, ya existía un lugar para ella en mi vida. No sabía quién sería, qué sueños tendría ni de qué manera cambiaría mi destino. Tampoco imaginaba que, algún día, su existencia me llevaría a cuestionar todo aquello que creía saber sobre el amor, la vida, la muerte y la eternidad.
Solo sabía que era mi hija.
Y que la amaba.
Hoy escribo estas páginas porque su historia merece ser contada. Porque Sara existió, porque compartió su vida con nosotros y porque su paso por este mundo dejó una huella que el tiempo no ha conseguido borrar. Quiero preservar nuestros recuerdos, darles un lugar en las palabras y construir un espacio al que siempre podamos regresar para recordar quién fue, cómo vivimos nuestro amor y todo lo que su existencia significó para nuestra familia.
Pero también escribo porque nuestra historia no terminó donde termina lo que los ojos pueden ver.
La partida de una hija es una experiencia para la que no existen palabras suficientes. No hay lenguaje capaz de contener por completo el dolor de una ausencia semejante, ni explicaciones que consigan ordenar de inmediato un mundo que, de pronto, ha dejado de tener sentido. Cuando Sara trascendió, algo en mí cambió para siempre. La vida que conocía continuó su curso, pero yo ya no era la misma mujer que había sido hasta entonces.
Estoy aprendiendo a vivir de nuevo.
Aprendiendo a reconocerme en medio del dolor, a transitar un duelo que no seguía caminos rectos ni obedecía calendarios, a aceptar que hay días en los que la tristeza ocupa todos los espacios y otros en los que la gratitud consigue abrirse paso entre las lágrimas. Tuve que comprender que seguir viviendo no significaba dejarla atrás, y que encontrar momentos de paz no disminuía el amor que sentía por ella.
Durante mucho tiempo, la ausencia fue una presencia constante. Estaba en los pequeños detalles, en los recuerdos inesperados, en las preguntas sin respuesta y en todos esos instantes en los que mi corazón buscaba, por costumbre y por amor, aquello que mis brazos ya no podían alcanzar.
Sin embargo, en medio de ese territorio desconocido, algo comenzó a transformarse.
Mi manera de mirar la vida cambió. También lo hicieron mis preguntas, mis certezas y mi relación con aquello que no puedo explicar desde la razón. Comencé a acercarme a la espiritualidad, a escuchar con mayor atención mi mundo interior y a contemplar la posibilidad de que nuestra existencia sea más amplia de lo que alcanzamos a comprender.
No pretendo afirmar que he encontrado todas las respuestas. Sería deshonesto decir que comprendo los misterios de la vida y de la muerte, o que he logrado descifrar por completo aquello que sucedió. Hay preguntas que continúan abiertas y días en los que el dolor sigue siendo simplemente dolor.
Pero hay algo que sí puedo compartir: mi experiencia de Sara no se limita a los recuerdos de nuestra vida juntas.
En mi presente, continúo sintiendo que me acompaña, que nuestra relación sigue encontrando formas de manifestarse y que todavía tengo mucho que aprender de ella. A veces, esa conexión se hace presente a través de un recuerdo; otras, en una reflexión, en un cambio interior o en una comprensión que llega cuando menos la espero. Hay momentos en los que siento una cercanía difícil de describir, como si el amor hubiera encontrado un lenguaje distinto al que conocíamos.
Sé que cada persona atraviesa la pérdida desde su propia historia, sus creencias y sus posibilidades.
Esta es mi manera de contar lo que ha significado ser la mamá de Sara en cada etapa de nuestra historia: cuando comenzó a crecer dentro de mí, cuando la recibimos con ilusión, cuando compartimos la vida con ella y cuando tuve que aprender a amar desde una realidad que nunca imaginé conocer.
Quiero hablar de su vida, no solamente de su partida. De sus recuerdos, de nuestra familia, de los momentos cotidianos que hoy guardan un valor inmenso y de todo aquello que hizo de Sara una persona única e irrepetible. Quiero que estas páginas sean un testimonio de su existencia, un lugar donde su nombre no esté asociado únicamente al dolor, al contrario, ella es la más grande maestra en nuestras vidas sobre: la valentía, resiliencia, perseverancia y amor incondicional.
Quizá por eso escribir este libro se ha convertido también en una forma de maternidad. Una manera de cuidar sus recuerdos, de honrar su existencia y de ofrecerle un espacio en el mundo de las palabras. No puedo regresar al pasado ni cambiar lo sucedido, pero puedo contar nuestra historia.
Puedo nombrarla, recordarla y compartir aquello que su vida despertó en mí.
Puedo seguir siendo su mamá mientras descubro qué significa serlo en esta nueva realidad.
No sé quién se tope con estas páginas, pero deseo que encuentre aquí un espacio donde no sea necesario apresurar el dolor, justificar las lágrimas ni renunciar al amor para seguir adelante. Un lugar donde la ausencia pueda nombrarse sin que borre la vida que existió y donde la esperanza no tenga que negar la tristeza para poder existir.
Pero, sobre todo, deseo que quien lea este libro conozca a Sara.
Que descubra algo de quién fue, que pueda imaginarla a través de mis palabras y que comprenda la profundidad de la huella que dejó en nosotros. Que su historia encuentre un lugar más allá de las páginas de este libro y que su nombre continúe pronunciándose con amor.
Porque esta no es solamente la historia de una despedida.
Es la historia de una vida que transformó otras vidas. De una madre que aprendió que el amor puede coexistir con el dolor, y de un vínculo que, desde su experiencia, continúa buscando nuevas formas de expresión.
Es la historia de Sara.
Y que, aun después de su partida, continúa siendo una de las fuerzas más profundas de mi existencia.
A ti, mi Sarita, dedico estas páginas.
A la vida que compartimos, a los recuerdos que me acompañan y a todo lo que sigo descubriendo a través de ti.
Mientras tenga palabras, habrá un lugar para ti en ellas.
Mientras pueda recordar, habrá un lugar para ti en mi historia.
Y mientras viva, mi universo llevará tu nombre.
Siempre, mi princesa.


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